«DESEO»
Cuando Julián entraba en el Museo, la monotonía se quedaba en el exterior mientras él se perdía por pasillos y salas. El murmullo constante, el zumbido de los pasos, los turistas atentos a guías que explican las excelencias de las obras. Le bastaba oler este ambiente para que su mediocridad se diluyera como los colores en la paleta del pintor.
La mañana se consumía. Absorbiendo cuadros se olvidaba del hambre y el cansancio que comenzaba a sentir. Cuando notó su presencia, miró el reloj. Era tarde. Se encaminó a la salida con la intención de volver al día siguiente, pero antes de llegar, el muro blanco se rompía abriendo un paso, oculto tras una cortina. Colgado sobre ella, un cartel anunciaba: «PRÓXIMA INAUGURACIÓN». El bedel le informó que aquella zona estaba reservada para exposiciones itinerantes y que pronto albergaría una dedicada a pintores noveles. Mientras le escuchaba vio asomar bajo la cortina unos zapatos, unas sandalias tal vez, rojas, de alto tacón que encadenaban unos tobillos de mujer. Continuó miranado, pero frente al bedel se sintió incómodo y caminado deprisa, salió del Museo.
En la entrada, nuevas oleadas de turistas esperaban para pagar. Se contuvo en la tentación de sumarse a ellos. Un zapato rojo empezaba a taconear incesante en la puerta de su mente.
A primera hora estaba de nuevo en el Museo, rompiendo la soledad de las estancias con sus pasos presurosos. A lo lejos comenzaban a crecer los murmullos. Sin importarle ya los cuadros, se dirigió a la cortina. La luz se deslizaba suavemente a la habitación oculta sin lograr vencer la oscuridad. Le pareció que estaba allí de nuevo, el tobillo emergiendo entre las tiras, las sandalias perfilando los pies escondidos. Iba a agacharse para descubrir algo más, pero oyó pasos que se aproximaban y se irguió.
El día de la clausura se dirigió a su encuentro, como de costumbre. No habían hablado de ello, pero estaba seguro de que se quedaría con él. Al verla, sin embargo, comprendió que estaba preparando su partida. La miró interrogante en busca de respuesta, pero sólo vio el adiós. Y él lo había dejado todo por ella: su trabajo, su apacible mediocridad, su vida, no estaba dispuesto a permitir que le abandonara y, sin poder contenerse, se abalanzó sobre ella.ALMUDENA GOSÁLVEZ LÓPEZ



