…El Café de Levante convoca el VIII Concurso de Relatos Cortos “Historias del Café”. Al ser Cádiz una ciudad en la que los cafés fueron referencia nacional, llenos de carácter, ejes de tertulias, de lectura y discusión y en la búsqueda de fomentar la lectura y la expresión escrita, se convoca la octava edición del presente certamen literario. Consiste en continuar un relato, iniciado por la prestigiosa escritora, MARUJA TORRES.

Este fue el relato inicial y mi participación 😉
Fernando se ahuecó el pelo. Sesenta, pero aparento cincuenta. Un caballero maduro interesante, desde el gris templado que coronaba su noble cabeza hasta los mocasines de rebajas de Hugo Boss, de un marrón que se ajustaba al color del jersey de cuello alto pero no ceñido, un poco nórdico. El tino de su elección de personaje le obligó a sonreír. Esta vez no tendría que viajar a Madrid para cumplir con su trabajo. En su propia ciudad. Menuda suerte. Fernando (Fer Navas en su tarjeta profesional), salió de casa con ganas de aventura.
A poca distancia, cerca de la catedral, Marga Santos, que era Marga Santos en todas partes, para las amistades y también cuando se buscaba la vida, se roció de un culo de frasco Chance de Chanel que guardaba para ocasiones como ésta, se envolvió en un chal gris de lana buena, se atusó la media melena oscura y se dispuso a salir. Ay, casi me olvido, se llevó la mano a la boca. Sacó la navaja automática del cajón de la mesilla de noche y la metió en el bolso, una buena imitación de Prada.
La larga cola de figurantes desfilaba con rapidez hacia el interior del auditorio, gracias al eficaz trabajo de dos jóvenes ayudantes que les pastoreaban con cariño y les conducían a sus respectivos asientos, después de que maquillaje y peluquería les sometieran a su aprobación. Uno de los guías, un chico de rostro risueño y pelo rizado señaló a Fer y a Marga, separados por media docena de extras:
-Vosotros, ¡sí, la del chal y el de beige!, os sentáis en primera fila a la izquierda, junto al pasillo central. Dais como pareja de clase media que ni pintados. Hablad un poco entre vosotros, para entrar en calor. (Maruja Torres 2024)
Historia de un Café
Fer y Marga se observaron disimuladamente antes de sentarse en la primera fila. Marga Santos identificó a Fernando. Era el “guapo pero gilipollas” que veía en el Café cuando quedaba con sus amigas. El aire de seguridad que emanaba y su buena presencia, hacía que el grupo de cincuentañeras, vieran en Fernando a un tipo arrogante, nada que ver con la realidad. Marga lo miró de reojo, menos el cuello del jerséis, el hombre que iba a ser su pareja en la ficción, llevaba una prenda igual que la que su madre le regaló a su padre las navidades pasadas. Al sentarse junto a él, le sonrió por compromiso y se colocó con arte su chal.
Fernando sabía que era un tipo interesante, no pasaba desapercibido ni para las mujeres ni para los hombres. Su personalidad tímida, había hecho que desde pequeño desarrollara un escudo de protección, que podía resultar arrogante para los demás en algunos momentos. Le gustaban las mujeres, nunca se casó y vivió alimentando la fantasía de “se mira pero no se toca”, pero ya le pesaba la soledad. Hacía años que no trabajaba en Cádiz y sentía el aire familiar, le traía recuerdos de juventud. Además se estaba yendo el invierno y la temperatura cálida de la calle hacía que se sintiera especialmente animado. Sintió alegría cuando en la prueba se fijaron en él, aunque la que iba a ser su compañera de reparto no parecía muy receptiva. Siempre le había dado seguridad su porte, pero esta vez parecía que no había hecho el efecto deseado en la chica, así que por falta de práctica, acabó hablando del tiempo. Marga sonrió sin entusiasmo y se revolvió en su silla.
Un incómodo silencio se hizo dueño de la situación, pero Fer se lanzó de nuevo preguntándole si era la primera vez que trabajaba de figurante. Marga tardó en contestar. La apariencia frívola que daba Fernando, así se llamaba, no encajaba con la torpe conversación que estaba intentando entablar y se sentía incómoda, pero respondió revolviéndose de nuevo en el asiento, y sí, en un teatro era su primera vez. Le preguntó a Fernando si él tenía experiencia, y por fin se enzarzaron en una conversación.
Fernando le contó a Marga que era de Cádiz, pero que marchó a la capital a trabajar cuando era joven y allí se quedó, concretamente en Valdemoro. Que ningún trabajo destacable, pero que había conseguido establecerse en Madrid y ahora había vuelto a Cádiz para quedarse. Fer que al fin había conseguido captar la atención de su interlocutora, se vino arriba y comenzó a contar batallitas; que si en tal rodaje se tropezó con no sé quién, que si conocía a aquel actor famoso, que si vivía cerca de la protagonista de la última de Almodóvar…
Conforme Fernando hablaba, Marga iba sintiéndose pequeñita. Ella no había salido de Cádiz y sus amigas eran las de toda la vida. Tuvo un novio de muchos años pero no llegaron a casarse, Nicolás que así se llamaba, nunca aprobó sus inquietudes artísticas. Y después de la ruptura, Marga se afanó en ser una mujer liberada. Se dedicó a dar clases de teatro por las escuelas infantiles y a frecuentar el mundo cultural gaditano. Se vestía con ropa cara y según sus amigas, diferente; siempre quiso viajar, pero nunca se atrevió a
hacerlo sola. Marga Santos en vez de relajarse y disfrutar de la compañía de un hombre guapo, sin pareja, interesado en conversar, y que había llegado a Cádiz para establecerse, se puso en guardia sospechando que algo turbio tendría que esconder ese buen mozo, los condicionamientos sociales y los prejuicios, hacían acto de presencia.
A Marga le sonó el móvil y se levantó diligente como si la rescataran de alguna situación embarazosa, pero colgó inmediatamente porque llegó el regidor junto con los jóvenes ayudantes para organizar la escena; iba a llegar la directora y tenía que estar todo preparado. “Ciudades que matan”, así se llamaba la obra que se estrenaría el mes siguiente en el Teatro Falla. La compañía “Aires de Libertad”, intentaba ambientar una metrópolis en el escenario, descartaron a algunos figurantes y colocaron a los que quedaron en sus puestos respectivos. A Marga y a Fernando los subieron al escenario y los sentaron en un banco.
La conversación entre ambos se había enfriado, y Fer Navas volvió a tomar la iniciativa contándole a Marga que se había enterado de que en la obra había una escena musical. A estas alturas del encuentro, Marga no se había tranquilizado y estaba viviendo la experiencia como siempre. Lo único que rondaba su cabeza, era todo lo que tendría que contar a las amigas cuando se vieran en el Café, además de los celos que iba a provocar en ellas cuando apareciera Fernando y se levantara a saludarlo.
El barullo que reinaba en el ambiente se vio roto por la aparición de la directora. Helena con hache, así se hacía llamar la jefa, estuvo observando todos los rincones sonriendo y afirmando en señal de aprobación. Era una mujer fuerte, segura de sí misma, no especialmente guapa, pero con muchos talentos evidentes a los que resultaba difícil resistirse, entre ellos la simpatía. Paseando por el escenario, acabó frenando sus pasos en el banco donde estaban sentados Fer Navas y Marga Santos. Los miró, les sonrió, y entabló sin dudar conversación con Fernando. En seguida pareció que se conocían de antaño, incluso habían compartido barrio en Valdemoro. Para Marga y sus complejos fue la estocada final, se sintió absurda y provinciana. La inestabilidad de su amor propio la empujó a levantarse del banco, y uno de los jóvenes ayudantes le llamó la atención para que permaneciera en su asiento; no pudo sentirse más ridícula.
Helena terminó su paseo junto a la primera fila de butacas hablando con el regidor y los dos asistentes. “Habéis conseguido simular una verdadera ciudad en el escenario, el ambiente huele a humo”, y todos rieron. Uno de los ayudantes añadió, “y qué me dices de aquellos dos, el clásico matrimonio, cada uno mirando para un lado, él sonriendo observándolo todo, y ella con la cabeza baja mirando el móvil”… (Virginia 2014)


