jamás

“Jamás, por nada del mundo volveré a pronunciar esa palabra” le oí decir, y me entró la risa. Hoy estoy reflexivo y pienso en cuántos nunca habré dicho yo en mi vida, porque una y otra vez me veo diciendo diego donde dije digo.  Hubo un tiempo que hasta me sentía culpable por cambiar de opinión, pensaba que traicionaba a los demás y a mí mismo. Después pasé a sentir que los demás me importaban una mierda, y ahora hasta me gusta renovarme, no soporto a las personas rígidas que pase lo que pase se comportan de la misma manera, son predecibles y aburridas.

Me río de mí mismo por ejemplo de todas las veces que he dicho aquello de que por nada del mundo volvería a enamorarme; un propósito que siempre dura el intervalo que tardo en superar la ruptura de turno.

Jamás

Como con Martina, aquella chica siempre me sacó de quicio. Llegaba tarde, pero no cinco o diez minutos como le puede pasar a cualquiera, no. Martina si llegaba pronto tardaba media hora, el tiempo suficiente para que yo me preguntara una y otra vez, si merecía la pena aquella alteración de mi estado de ánimo. Porque claro, después de estar al borde de un ataque de nervios, era casi imposible que la cita se desarrollara con buen humor. Quizás el miedo a sentirme solo hacía que una y otra vez me viera como un gilipollas indeciso delante del espejo probándome un montón de ropa. Cuando pasa el tiempo y miras las cosas de lejos identificas los momentos en que haces el gilipollas, y con Martina sin duda que lo hice. En una de esas ocasiones de las que os hablo desesperado y encolerizado, discutimos. Y aquello fue el principio de nuestra ruptura definitiva.

Jamás

Pensando en estas cosillas he recordado a mi madre, que cuando me oía renegar siempre recurría a ese chascarrillo de “nunca digas de este agua no beberé”. Cuánta razón tenía con las verduras por ejemplo, siempre me han provocado rechazo, hasta las frutas se me atragantaban. De pequeño mi madre inventaba mil trucos para camuflar los ingredientes de las comidas, pero ni  por esas. La fobia a los vegetales se fue suavizando cuando fui creciendo, y mira tú por dónde ironías de la vida conocí a Esmeralda, que además de que su nombre aludía al color verde, la chica era vegetariana. También puedo decir que con ella hice el gilipollas. Esmeralda llegó a levantarse de la mesa cuando el camarero traía mi chuletón porque decía que olía a bicho muerto. Vamos, que la comida me sentaba fatal y estuve un montón de tiempo sin saber qué comer, porque han pasado años hasta que he conseguido tolerar los vegetales. Nunca acabé de entender a Esmeralda, lo aceptaba casi todo con una resignación inverosímil que me desquiciaba. Luego estaba su empeño en vestirme, me regaló camisas, pantalones, y una plancha para plancharlos; y lo peor, una camisa rosa. Llamadme tradicional, pero en mi casa lo rosa era para mis hermanas y lo azul para mí, alterar eso es alterar mis cimientos. Aún así estuve un tiempo delante del espejo probándome la camisa rosa, pero me la quitaba para salir. Menos mal que reaccioné a los principios de aquella chica a la que calificaría como una persona rígida de esas que pase lo que pase se comportan de la misma manera, predecible y aburrida. Sin darme cuenta me vi envuelto en una parafernalia de la que me aburrí más pronto que tarde, creo que ella se sintió aliviada cuando le dije que quería terminar con la relación.

Jamás

Nunca jamás

Siguiendo con mis reflexiones, ahora que “Coco” está durmiendo con la cabeza sobre mis zapatos, pienso en las veces que he dicho aquello de que por nada del mundo tendría un perro. Nunca entendí a la gente que habla con sus animales y se agachan con buena cara a recogerle la caca. Pero mira tú por dónde preocupada por mis años y mi soledad, mi hermana Palmira tuvo la idea de regalarme un perrito. A punto estuve de mandar a mi hermana y al perro a freír espárragos, pero Palmira casi se echa a llorar y el cachorrito hizo sus gracias, así que acabé cogiéndole cariño. Bueno, no solo cogiéndole cariño, hablándole y agachándome con buena cara a recoger su caca. Y algo más grave en mi escala de nunca-jamás, le he cedido una de mis butacas preferidas.

Jamás

Hablando de paradojas, una costumbre socialmente aceptada que automáticamente te convierte en buena persona, es ir a misa. Cuántas veces habré dicho eso de que por nada del mundo volvería a pisar una iglesia. Y allí me veo una y otra vez casi siempre en ceremonia de difuntos, mirando de reojo y haciendo la señal de la cruz. Me siento un intruso porque mi letanía es norte, sur, este y oeste, y me río interiormente porque pienso que dios estará riendo conmigo.  La verdad, siempre me ha costado trabajo tomarme en serio los asuntos religiosos. Cuando mi madre me decía eso de “no digas nunca de esta agua no beberé”, yo le respondía entre irónico y aburrido, “ni este cura no es mi padre”. Me llevaba el coscorrón correspondiente, pero no han sido pocas las veces que me he preguntado por qué mi madre acudía tanto a la iglesia a deshoras.  ¿Suspicacia?, al fin y al cabo quedó viuda muy joven.

En fin, no hay nada mejor que un buen sofá para reflexionar.

Jamás

Me gano la vida con la albañilería, y en muchos momentos me pregunto si estaré haciendo el gilipollas con esto también, porque me encanta escribir. Cuando hay dura faena en la obra, pienso que podría cambiar de profesión y dedicarme a algo más amable. Escribir no es muy diferente a levantar una casa, una buena estructura es fundamental para la construcción de cualquier cosa. Y un escritor es alguien que escribe, así que además de albañil, soy escritor. El caso es que no sé si es mi aire bohemio o el intelectual el que atrae a las mujeres; sería bueno saberlo para potenciarlo. Porque enamorado hago cosas que jamás haría para agradar a otra persona, y cuando me vengo arriba con la intelectualidad, comienzo a enviar indiscriminadamente relatos y cuentos a concursos de todo el país, esperando ansioso la fecha del fallo del jurado.  Cuando ni siquiera soy mencionado entre los mejores, me vengo abajo y pienso que no lo conseguiré nunca. Nunca, ya estamos…

Quién sabe, la vida es caprichosa y da muchas vueltas. Han sido muchas las veces en las que he dicho eso de que por nada del mundo haría cualquier cosa, y he tenido que tragarme mis palabras como si fueran el agua de la que nunca bebería, ya lo decía mi madre.

Además según el refranero popular, “el que la sigue la consigue. Y como a cabezón no me gana nadie, ya no me acuerdo, pero decirlo lo dije, aquello de que por nada del mundo volvería a presentarme a un concurso literario. Y aquí estoy otra vez…

Este sofá es tan cómodo que no me entran ganas de moverme.

Kuaranteno, relato

Transhumanas, relato

logotipo

Categorías

Relatos con Historia, Relatos

pan, naturalmente

Deja un comentario